Stmo. Cristo

cristo3Representa a Cristo Crucificado en el momento de expirar el último aliento, con la mirada levantada al cielo en el instante mismo de la muerte. Fue realizado en 1942, por el Escultor e imaginero natural de Extremadura, afincado en Madrid, Gabino Amaya, quien elabora una magnifica talla, consiguiendo con suma perfección la faz de Cristo, con la mirada alzada al Padre en el instante mismo de la muerte, que sobrecoge por su expresividad y ternura. Restaurado por José Ajenjo en 1990 en sus talleres de León. Fue Dña. Julia Fernández quien aportada las seis mil pesetas que cuesta la obra del Stmo. Cristo. Es la primera obra que realiza en la ciudad, mas tarde vendría la virgen de la Esperanza y Ntro. Padre Jesús del Rescate. Amaya, imprime a su crucificado los cánones mas clásicos de esta representación. Jesús alza su mirada hacia el cielo mientras toma aire en su ultimo aliento. De entre los distintos pasajes que los evangelios relatan de la crucifixión, parece que Gabino Amaya se fija en las ultimas palabras. Cristo con boca entreabierta parece estar diciendo “¡Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu!”.

En cuanto a la talla, el Cristo de la Expiración abre un nuevo estilo dentro del patrimonio cofrade Linarense. El academicismo de su autor nos deja un crucificado de complexión delgada pero donde se adivina un completo estudio anatómico de sus músculos y tendones. La tensión de sus miembros superiores hacen ver el esfuerzo de un cuerpo que se alza en el ultimo suspiro a pesar del tremendo sufrimiento. En cuanto al trabajo de la cabeza, el artista se recrea en el tallado de la melena, de manera sencilla, con ligeros bucles resaltando en las formas. De igual modo su paño de pureza se conforma como una pieza plegada levemente sobre sus piernas, sin dar demasiado volumen.

El Señor de la Expiración responde al tipo de imágenes en las que predomina la perspectiva frontal. Su limpieza de líneas responde al tipo de crucificado donde lo resaltable es la propia faz de Cristo. No en vano, se trata de una de las primeras obras de la posguerra de Gabino Amaya. Y no entra en la tónica que el escultor mantuvo durante sus últimos años de vida, donde juega mas con los “caprichos” artísticos y pureza de formas. También es cierto, que esta talla se asemeja iconográficamente a la anterior, si bien, se suprimen los accesorios con los que procesionaba el crucificado predecesor. Por ejemplo, el dosel bordado que caía desde el travesaño de la cruz o el faldellín propio del gusto decimonónico. Amaya crea un Cristo de indudable valor artístico entendido en el contexto de su época.

cristo2El Cristo de la Expiración muestra el martirio que tradicionalmente han plasmado los imagineros desde el siglo XIV. Sin embargo, es de resaltar varias cosas. La primera, la ubicación de los clavos. Sus manos aparecen traspasadas por el elemento punzante. Parece descartada la teoría de que este fuera el sistema empleado. La conclusión mas obvia es de carácter puramente fisiológico. ¿Podría aguantar el tejido carnoso de la palma de la mano el peso de un hombre de treinta y tres años? Evidentemente no. El desgarro de la piel dejaría al clavo en la madera, pero no aguantaría el cuerpo. Por eso, en función de los estudios realizados a la Sábana Santa de Turín, se considera que el clavo traspasó la zona de la muñeca o del antebrazo. En ambas áreas, los huesos existentes frenarían la caída del condenado.
Una vez aclarado este punto, es interesante fijarnos en los pies de la Expiración de Linares. Cada pie es sostenido por un clavo. Aquí también hay discordancias. Algunos defienden la teoría de los tres clavos, mientras que otros hablan de cuatro. En este caso, la cruz incorpora el llamado subpedaneum, es decir, un saliente de la madera sobre el que se posa Cristo. Gabino Amaya opta por esta representación, que recuerda mucho a los crucificados que en su tiempo pintó Velázquez, o al que posteriormente, realizaría Francisco de Goya. Esta tendencia escultórica se fundamenta en su origen en la leyenda de Santa Elena que se dice descubrió las cruces y los clavos en el monte Calvario. Se llega a afirmar que la Santa encontró cuatro, pero una de ellos los funde en la diadema de su hijo, otro en el caballo del emperador Constantino, otro en la cabeza de su estatua y el cuarto lo uso para calmar una tormenta por la mar.

La segunda observación es el titulus. La tradición nos ha dejado el sobrenombre de INRI para la tablilla que corona la cruz. La mayoría de las imágenes han optado por esta simplificación del “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, que corresponden a las siglas latinas Iesus Nazarenus Res Iudaeorum. La influencia del latín en la iglesia ha recortado las otras dos lenguas que también versaban estas palabras en griego y en hebreo. En el caso de nuestra imagen también se da este hecho.

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